Tarquín, una palabra que deriva del árabe hispánico (tarkím) y este del árabe clásico (tarkīm, ‘amontonamiento’), según la definición de la primera acepción en el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española es el «légamo que las aguas estancadas depositan en el fondo, o las avenidas de un río en los campos que inundan«.
De acuerdo a los estudios lexicológicos sobre el vocablo, se trataría de un aragonesismo que significa ‘cieno, lodo, barro, légamo, fango’, que fue propagado al Este y Sur peninsular desde la repoblación medieval; recogido en los léxicos de la lengua desde principios del siglo XVII; y en el Diccionario Académico de la RAE, durante los siglos XVIII y XIX, prevaleció la referencia léxica a ‘cieno’, mientras que en el siglo XX se prefirió el sinónimo occidental ‘légamo’.

Es un término muy utilizado por los autores clásicos (naturalistas e ingenieros de los siglos XVIII y XIX) para describir y cuantificar los depósitos dejados por las riadas en los campos de cultivo y riberas de los ríos, e incluso en las cuevas.

Así se recoge, en el apartado dedicado a «Arrastres de los ríos» en varias de las memorias de las descripciones físicas y geológicas de las provincias españolas publicadas por la Comisión del Mapa Geológico de España (actual Instituto Geológico y Minero de España, IGME, CSIC).
